Pasión  y éxtasis

Tenía ganas de tan sólo hablar con ella, volver a oler su perfume y tocar una vez más su piel suave. Los días  eran eternos, deseaba con furor la llegada de nuestro encuentro, cubrirla con mis besos y abrazar  su cuerpo, mirarla a los ojos fijamente  y así acercarme a su oído y susurrarle, -“tengo ganas de sentirme una vez más dentro de ti, quiero arrancarte la ropa y disfrutar de tu cuerpo desnudo”-.

Para mi resultaba bastante fácil permanecer horas admirando su desnudez, recorriendo sutilmente cada curva de su cuerpo, tocar sus muslos torneados hasta llegar a sus partes humedades, deslizar mis dedos en su interior, notar ese tacto suave y la calidez  que lleva por dentro.

Había llegado las horas, nada más entrar en la habitación, nos quedamos fijamente mirándonos, ella vestía un picardía negro, sus labios pintados de rojo y su perfume, agua de rosas, aroma que me seduce. Me acerqué despacio y con una caricia rompí  la fría tensión del ambiente.

Se le marcaban los pezones, el escote debaja muy poco a la imaginación. Sin mediar palabras, empecé  a tocar sus pechos con la mano derecha, mientras la mano izquierda  pasó de sus caderas, recorriendo toda su entrepierna, de tal manera que se estremeció entre mis brazos.

El frenesí  crecía  más y más entre nosotros, mientras ella empezó  a desnudarme, me dijo; -“quiero sentir el peso de tu cuerpo mientras me haces el amor”-. Yo simplemente me dediqué a descubrir su cuerpo.

Besé  su boca , deslizando mis labios por los suyos, suavemente bajé  hasta tus hermosos pechos firmes y redondeados, sus pezones  eran perfectos, seguí bajando hasta su abdomen, besando cada poro de su piel. Llegué  hasta su jardín, estaba recién  arreglado,  mi boca probó  del néctar de sus flores, un sabor fresco y agradable dejó en mi, desde ese momento descubrí  que era perfecta.

El placer le invadía por dentro, mis dedos en su arena húmeda notaban la presión  de sus paredes, poco a poco fui sembrando en ella mis semillas, hubo momentos de fuerza, parecíamos  dos ramas unidas en una sola, bailando al compás  del viento.

Sus gemidos de placer invadían todo el espacio, cada segundo que pasaba superaba al siguiente, pedía  más y más, mientras empujaba mis caderas hacía las suyas. Veía el sudor caer suavemente entre sus pechos, yo estaba sediento, bebía cada sorbo que me ofrecía,  laminado  y mordisqueando sus pezones, y volvía a gritar  de placer.

Sus piernas de abrían con una facilidad sorprendente, con cada movimiento entraba más y más al fondo se ese jardín fértil, lleno de vida y hambriento de semillas.

Hicimos el amor varía veces sin parar. Hubo un momento en que me había quedado dormido, pero ella quería seguir jugando más, sólo noté sus manos deslizarse por mis partes, todo el cuerpo se me revolucionó,  volviendo a estar otra vez  activo.

Empezó a jugar, sosteniéndolo con una de su delicadas manos, pasando suavemente su lengua por la punta, mientras, con la otra mano, acariciando mi pecho. Sentía  que mi corazón  latía a mil por horas, cada vez era mejor, notar el calor de su boca y su saliva cayendo sobre mi.

Se detuvo un instante, la miré  y sonríe. Sus ojos brillaban como la Luna, se incorporó un poco y se lanzó a beber de mis labios, parecía sedienta, pero no de agua, sino de deseo y pasión, me besaba de tal manera que casi no podíamos respirar, cada final de encadenada con otro beso más intenso.

Yo me dejaba llevar, aunque intenté varias veces tocarle, pero ella apartaba mis manos, simplemente quería darme placer, podía verlo en su mirada y sentirlo.

Se posó sobre mi, cual jinete que cabalga, y sin darme cuenta una vez más estaba dentro de ella, ésta vez ejercía una fuerza mayor con sus paredes internas, se notaba todo más húmedo y su temperatura había subido, ese calor me tenía prisionero, el placer era inexplicable, se agitan sobre mi de tal manera que parecía una diosa, si pelo revoloteando con cada movimiento, sus caderas no paraban de contraerse y dar en esa sensación de éxtasis.

Llevó sus manos a la cabeza dejando así al desnudo sus pechos en todo su esplendor, para mí resultaba ser un espectáculo ver esos hermosos pezones. Gemíamos al unísono de placer hasta que llegamos al  clímax y nos fundidos en un abrazo hasta quedarnos dormidos.


Relato finalista en el  II concurso de relatos eróticos de  Donbuk editorial, y publicado en la antología  “HIMENEO Y OTROS RELATOS ERÓTICOS”.

cabrera jorge

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